Las gafas inteligentes han extendido la capacidad de grabar y transmitir imágenes desde espacios cotidianos, pero esa comodidad también abre riesgos de seguridad y privacidad para quien las lleva y para quienes están cerca. El problema no se limita a la captación de vídeo o audio, sino que alcanza a contraseñas, datos bancarios y conversaciones privadas.
La tensión aparece en la propia promesa del dispositivo. Incorpora una luz LED para avisar de que está grabando, pero ese indicador puede pasar inadvertido o quedar tapado, de modo que terceros pueden ser registrados sin saberlo en hospitales, gimnasios, escuelas, vestuarios o reuniones privadas.
La grabación discreta expone imagen, voz y datos sensibles
Empresas como ESET han advertido de que la masificación de estas gafas facilita la grabación de desconocidos, en un contexto en el que países como Alemania y el Reino Unido ya presentan una alta densidad de cámaras de videovigilancia. El salto no está solo en la calle, sino en la posibilidad de registrar escenas sensibles en recintos cerrados.
Ahí entran situaciones especialmente delicadas. Una cámara encendida en una consulta médica, en un vestuario o durante una reunión privada puede captar información personal sin consentimiento y acabar en una difusión pública que derive en demandas por uso indebido de imagen o de voz.
Además, el riesgo no termina en la grabación. El almacenamiento automático en la nube y el envío de datos a servicios conectados amplían la exposición a filtraciones, incluidas credenciales personales o información bancaria, como ya ocurre en las grabaciones de gafas inteligentes.
Un vistazo basta para capturar contraseñas, PIN y datos bancarios
En espacios públicos, estas cámaras añaden otro frente. El llamado shoulder surfing permite obtener contraseñas, PIN o datos bancarios simplemente apuntando hacia pantallas, teclados o terminales de pago mientras otra persona opera con normalidad.
Según ESET, el problema también alcanza a las plataformas de inteligencia artificial conectadas al dispositivo. La información compartida a través de esas herramientas podría quedar disponible para otros usuarios si se formula la petición adecuada, un riesgo que enlaza con el uso de datos en IA.
Tampoco hace falta acceso físico para comprometer el aparato. Las gafas pueden ser hackeadas mediante la explotación del sistema operativo, aplicaciones comprometidas, redes Wi Fi públicas, hotspots falsos o códigos QR maliciosos.
Cuando un actor malicioso toma el control, las consecuencias van más allá de la pérdida de archivos. Puede haber acceso no autorizado a cuentas, vigilancia constante e incluso efectos físicos si se manipula la información que el usuario ve en pantalla.
Las defensas pasan por actualizar el dispositivo y limitar conexiones
Para reducir la exposición, la recomendación pasa por mantener actualizados el firmware y las aplicaciones, descargar complementos solo desde fuentes confiables y revisar con detalle los permisos antes de instalar cualquier servicio nuevo. También ayuda usar autenticación multifactor, contraseñas robustas, PIN seguros o sistemas biométricos.
Fuera de casa conviene evitar redes Wi Fi públicas si no se usa una VPN y desactivar el emparejamiento cuando el teléfono móvil asociado no esté en uso. Guardar las gafas en su estuche y borrar con regularidad las grabaciones innecesarias añade una capa básica de protección.
Entre los ajustes más sensibles figura la desactivación del entrenamiento de inteligencia artificial y de la revisión humana, una medida dirigida a evitar que grabaciones privadas queden expuestas en la nube.